Arrancamos la serie de post sobre el Algarve, en el tramo litoral que une la vibrante ciudad de Lagos con el Cabo de San Vicente, ya que es una de las franjas costeras más impactantes del sur de Europa. Aquí, la Península Ibérica se encuentra directamente con la inmensidad del Atlántico en un despliegue de acantilados dorados, arcos de piedra esculpidos por el mar y grutas ocultas.
Comenzamos en Lagos; donde las rocas calizas de Ponta da Piedade forman un laberinto natural único. Los tonos dorados y ocres de la pared rocosa contrastan intensamente con el turquesa cristalino del agua. Descender por sus escalinatas talladas en el acantilado o recorrer sus pasadizos marinos desde el mar permite apreciar de cerca la erosión milenaria provocada por el viento y la marea.
A medida que nos acercamos a Sagres, la geografía se vuelve aún más salvaje y austera. El viento se intensifica (y hasta qué punto!), la vegetación se vuelve achaparrada y las paredes de piedra vertical ganan altura, cayendo a plomo sobre el oleaje.
Finalizamos este recorrido por la costa del Algarve en el Cabo de San Vicente, considerado el fin del mundo conocido en la antigüedad clásica. Encaramado sobre acantilados que superan los 75 metros de caída vertical, su faro domina una de las rutas marítimas más transitadas del mundo. Ver atardecer desde este finis terrae portugués es sencillamente maravilloso.































